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El catalizador de la transformación digital

Transformación digital

No cabe duda de que estamos viviendo una auténtica revolución. Una revolución que ha llegado para alterar nuestras vidas en todos los sentidos. Ha supuesto un coste muy alto, pero ha sido el catalizador definitivo para acelerar la transformación digital que estábamos desarrollando en España durante los últimos años.

Todos hemos tenido que migrar a una vida superconectada. Desde las escuelas, empresas o nuestros hogares, para realizar simples trámites personales, no hemos tenido otra opción que digitalizarnos. Quien no estuviera conectado y con los dispositivos convenientemente actualizados, se ha quedado aislado. La brecha digital, de la que tanto alertábamos en nuestras charlas pre-Covid, se ha hecho evidente. Durante el confinamiento hemos visto cómo niños con recursos limitados no han podido acceder a sus clases y contenidos, y cómo algunas empresas no han sido capaces de proporcionar a sus empleados las herramientas necesarias para que desarrollaran sus trabajos desde sus hogares.

Esta disrupción se ha producido especialmente en dos ámbitos: la conectividad y la gestión de los datos. Un ejemplo muy claro es cómo se ha estado trabajando durante la pandemia. Una gestión en tiempo real, con equipos multidisplinares, conectados a lo largo del planeta, intercambiando ingentes cantidades de datos. Todos con un único fin: acabar con la amenaza del COVID-19.

Estos ámbitos no son solo la base de los cambios tecnológicos, sino también económicos y sociales que se están produciendo. Cambios que desconocemos qué resultado final tendrán en nuestra sociedad. Adicionalmente, hay un reto al que enfrentarnos, es necesario conseguir gestionar esta transición con éxito. Es decir, tenemos que lograr que los beneficios que se obtengan de la digitalización nos lleguen a todos y no solo a unos pocos. Hay que desarrollar proyectos que democraticen la tecnología y lleguen a actores que nunca se habían planteado ser partícipes de esta transformación digital.

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La brecha digital, de la que tanto alertábamos en nuestras charlas pre-Covid, se ha hecho evidente.

Julio A. Díez Prieto

Este escenario permite que otros campos también estén subiendo peldaños en su desarrollo. Especialmente la Inteligencia Artificial, que mediante sofisticados algoritmos, ha mejorado nuestra experiencia en la compra on-line durante el confinamiento, o el diagnóstico y tratamiento de enfermedades, incluido el odiado coronavirus. No hay sector económico o ámbito social que vaya a escapar al influjo de este tipo de tecnología. Las cifras nos proporcionan la mejor ilustración, mientras que en el año 2013 solamente una de cada cincuenta nuevas empresas centraba su actividad en la inteligencia artificial, en 2019 la proporción pasó a ser una de cada doce. Las predicciones apuntan a que para el año 2030 la mayor parte de las compañías habrá incorporado sistemas inteligentes en sus procesos de negocio. Personas tan influyentes en este campo como Demis Hassabis (fundador y CEO de Google Deepmind), ya nos avanzaban hace años del enorme potencial que la Inteligencia Artificial tendría para la humanidad: «La IA realmente va a acelerar el progreso en cuanto a la solución de enfermedades y todas las cosas en las que estamos progresando de forma relativamente lenta en este momento». De todas maneras no perdamos la perspectiva, la Inteligencia Artificial no es algo nuevo, se lleva trabajando en ella desde los años 60 del siglo pasado, pero el camino que nos queda por recorrer sigue siendo infinito. 

Desde otro punto de vista, pero coincidente en los argumentos, un relevante informe de McKinsey nos muestra que la aceleración de la transformación digital que provoca la revolución que estamos viviendo, se debe fundamentalmente a dos factores. Por una parte, la capacidad que ofrecen las plataformas digitales para combinar entre sí las distintas tecnologías de vanguardia, como el big data, el internet de las cosas, la inteligencia artificial o la realidad virtual. El otro aspecto considerado, está ligado al carácter digital de esta revolución, que reposa en la conectividad, las plataformas, los datos y el software, factores que se pueden replicar y expandir de forma muy rápida, gracias a los efectos de red y a los bajos costes marginales.

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La buena noticia es que estos cambios van a tener un impacto muy positivo sobre la economía en términos de eficiencia y productividad. En España, esta revolución digital podría tener un impacto en el PIB que llegaría al 1,8 % anual hasta el año 2025. Además, la creación de un mercado digital único en Europa podría aportar un 0,5 % anual adicional hasta el año 2022. 

Aunque vivamos una época de incertidumbre y cambios, si tenemos una certeza que no ha variado a lo largo de la historia: la peor decisión sería no hacer nada. Ahora más que nunca tenemos que ser flexibles y rápidos en los cambios. Debemos implementar todas las herramientas que tenemos disponibles para hacernos partícipes de esta revolución. La incertidumbre no puede atemorizarnos o limitar nuestras acciones. Es el momento de reinventar las organizaciones, y esto no es posible si primero no nos reinventarnos a nosotros mismos como personas. Nuestro deber, como miembros de una sociedad, es seguir avanzando y actuar con positivismo para conseguir una sociedad que sea cada día un sitio mejor donde todos podamos vivir.

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