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No nos podemos entender

España, como se creen infinidad de países, “es diferente”. Aunque en muchas cosas nos creemos únicos, esa sensación no es exclusiva de los españoles. Cuando conoces y hablas con personas de otras nacionalidades, te das cuenta de que, en el fondo, también están convencidos de que su país es único en el mundo y tiene “lo mejor” en muchas aspectos.

No voy a citar ninguno, pero dialogando con diferentes tipos de “autóctonos“ sobre comida, costumbres, carácter, principios, historia… te das cuenta de que están encantados de ser de la nacionalidad que son. Y de la suerte que han tenido siendo de dónde son. Algo parecido a lo que vemos en España cuando hablamos con gente de las distintas comunidades autónomas al disertar sobre sus regiones, sus joyas gastronómicas, los modos de cocinar, las raíces o hábitos de vida…. Incluso cuando hablan lugareños a la hora de comparar su provincia, o su ciudad, con otra.

Este sentimiento es universal, pero hay algo en España que sí nos diferencia, y bastante, de la gran mayoría de nuestro compañeros del planeta.

No sé si realmente Bismarck le trasladó a mediados del XIX a un embajador español su admiración por nuestra nación, y cómo era “indestructible” a pesar de los esfuerzos de sus habitantes por destruirla. Lo que sí es cierto es que es una reflexión acertada. Tenemos nuestros mayores enemigos “dentro”.

A lo largo de los siglos hemos tenido decenas de guerras fratricidas y los campos de la piel del toro se han bañado de sangre en enfrentamientos territoriales, reconquistas y batallas alimentadas en creencias religiosas, heráldicas y políticas, en las que los contendientes, y los conquistadores, han hecho “auténticas burradas”, como lamentablemente ocurre en las guerras. Porque es lo que son, “guerras”, y no otra cosa.

La ignorancia es muy osada y el hombre, además de ser el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, parece que se olvida de que quien no recuerda su historia, está condenado a que se repita

Esperemos que no rebroten conflictos del pasado en España, pero se están acumulando todos los ingredientes para que vuelva a cocinarse un plato que llevamos muchas décadas sin digerir, y cuyos reflujos empiezan a ascender últimamente hasta la boca.

Cuando un servidor intenta explicar a algún extranjero, tanto del Viejo Continente como del otro lado del charco, la situación de la política española, se da cuenta de lo singular de lo experimentado en los últimos años en lo que era el centro de un imperio en el que no se ponía el sol, y que, ahora, es un país invadido por la niebla.

Y lo peor es que vuelve a florecer un hecho característico de nuestro ADN. “Nosotros no somos capaces de ponernos de acuerdo”, ni de “votar con la cabeza en lugar de con el corazón”. 

Además, en estos corazones se han introducido durante años sentimientos inculcados que, en más casos de los que creemos, no son reales y vuelven a hacer que aparezcan viejos fantasmas.

Aunque durante las últimas décadas se han sumado al censo millones de nuevos votantes, una característica de la gran mayoría del electorado se mantiene y es el ser “de derechas o de izquierdas a la española”.

Me explico: todos, tanto si eres nacido en era “post-Franco”, o no, hemos escuchado, o vivido, historias, relatos y odios, o amores, sobre circunstancias de la última Guerra Civil y de la dictadura. 

Depende de tu familia, has “mamado” una cosa u otra. También en muchos casos has recibido las dos “versiones” de la historia, y sus episodios, pero también te has dado cuenta de que somos muy viscerales al contarlo.

Está claro que por creencia en unos principios, o por unos conceptos inculcados, la gran mayoría se enorgullece de ser de un equipo, o del otro. Convencidos de que los que no piensan como nosotros son unos “enfermos” y actúan según unos estereotipos “lamentables”.

Da igual que se definan como comunistas, liberales, conservadores, socialistas, monárquicos, republicanos, anarquistas, fascistas, capitalistas, socialdemócratas…. Al final, en la mayorías de las conversaciones y maneras de pensar la división es “de derechas o de izquierdas”. Sin profundizar en las grandes diferencias entre unas ideas y las otras, siempre pertenecen a uno de los “dos grandes equipos” que se esgrimen.

Esperemos que no rebroten conflictos del pasado en España, pero se están acumulando todos los ingredientes para que vuelva a cocinarse un plato que llevamos muchas décadas sin digerir, y cuyos reflujos empiezan a ascender últimamente hasta la boca.

Andrés Dulanto Scott

Claro que en otros países también existe un porcentaje de votantes que se limita a esta gran “división” del espectro político, pero en España el no haber sido capaces de pasar aún la página de la guerra civil hace que los votos sean rehenes del pasado.

Un gran porcentaje de los votantes de nuestros países vecinos cambian su voto dependiendo de la gestión demostrada en las administraciones que gobiernan un determinado partido, o una coalición de varios.

Si algo no funciona, pues se cambia. Y las mayorías oscilan y mutan cada pocos años dependiendo de la efectividad probada.

Aquí no es así. Seguimos pensando “soy de izquierdas (o de derechas) y nunca voy a votar a XX. Como mucho me abstengo si los míos no lo hacen bien”.

Grave error, porque, además, quizás el partido XX no hace, ni dice lo que crees y, además, el que tú defiendes sólo utiliza el pasado para ganar tu apoyo en la urna. Y después gobierna igual que lo haría XX, y con medidas aún más inclinadas hacía el lado de la balanza que “odias”.

Empecemos a votar con la cabeza en lugar del corazón y no pensemos que quien piensa distinto que nosotros viene de otro planeta. Quizás lleva razón en alguno de los puntos que defiende.

O cambiamos nuestra actitud o España es, cada vez más, ingobernable.